La increíble (in)mutabilidad del paisaje

El pasado fin de semana tuve el placer de ir a pasar el día con mi familia a una pequeña localidad del norte de la provincia de Alicante, Beneixama. Localidad de poco más de 1700 habitantes enclavada en la comarca del Alto Vinalopó.


Valle de Beneixama

A medida que nos acercábamos al pueblo, me llamó poderosamente la atención el paisaje de este valle. Paisaje eminentemente agrario y que parecía haber estado allí, quieto e inmutable durante muchísimos años. En eso venían a mi mente la pregunta: ¿Cuántas personas habrán visto ese paisaje hasta hoy? ¿Cuántas generaciones de habitantes han pasado por estas tierras y lo han observado? Y me venía a la cabeza la idea de un paisaje congelado como si por el no pasara el tiempo, como si la civilización hubiera dejado en él una huella hace años y que se ha alterado poco, conservando la agricultura y las viviendas como hace más de cien años.


Si pensamos en qué es el paisaje, podemos definirlo como el conjunto de rasgos naturales de un espacio y las aportaciones que le han hecho las sucesivas civilizaciones a lo largo del tiempo. Esto nos conformaría el paisaje que estamos viendo hoy, como la huella de la historia en un entorno geográfico, donde el ser humano desarrolla sus actividades. Sin embargo, en este paisaje del valle de Beneixama parecía que hiciéramos un viaje al pasado.


Mientras transitaba por esas tierras bombardeaba mi mente la comparación con el paisaje de mi pueblo, Guardamar del Segura. Un pueblo turístico de la costa del sur de Alicante en la Vega Baja del río Segura y que por diferentes sucesos históricos ha cambiado totalmente su fisionomía en los últimos 200 años. Y que como en escasa ocho generaciones se han perdido todos los usos tradicionales del suelo y la propia morfología urbana de la localidad.

Grabado del Castillo de Guardamar en el s.XVIII

En 1829, un terremoto arrasó la villa murada del castillo. Por seguridad, sus habitantes trasladaron la población al llano que se encuentra a levante del cerro del castillo, con una trama urbana planificada por Larramendi. A principios del siglo XX, las dunas que ocupaban el frente costero de la localidad crecieron de forma desmedida y amenazaban con enterrar la nueva villa. Para contener el movimiento de las arenas, se realizó una obra de ingeniería que supuso la plantación de pinos, que conforman el actual Parque Alfonso XIII. Desde los años 60 del siglo XX, con el desarrollo del turismo se empezó a urbanizar la franja costera de la localidad ocupando espacios donde se cultivaba viña de secano. Por último, los boom inmobiliarios de finales del siglo XX y principios del XXI han terminado por deformar ese paisaje tradicional de Guardamar.


Vista aérea de Guardamar del Segura

Con esta reflexión simplemente quiero poner en relieve el dinamismo de algunas regiones frente a la inmutabilidad de otras. Y de cómo en algunos lugares, nuestros abuelos han vivido una transformación radical de localidad agrícola y pesquera, a una turística y de servicios, y en otros, habrán pasado generaciones y la población seguirá inmutable.


Sobre todo, poner en valor y dar visibilidad a un ejemplo, muy cercano, de contraste entre una región muy dinámica y, por los tanto, con un paisaje terriblemente mutable, frente a una región prácticamente inmutable. Y también invitar a la reflexión sobre un elemento que no solemos prestarle mucha atención: el suelo. El suelo es un bien finito y limitado, y por lo tanto debemos cuidarlo para preservar nuestro paisaje, tanto natural, como cultural.

© 2019 por  GeoHprofe. Ramón Sánchez Verdú. Profesor de Geografía e Historia

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